Miquel Martí i Pol : “… Acull els somnis com el que són, un acte de fe en la vida”
A veces creo que nos confundimos al considerar que nuestros sueños forman parte de algo que nos es ajeno, y que, al cerrar los ojos cada noche, entramos en un mundo fugaz, irreal, rodeados de sensaciones ilusorias que se desvanecen con el alba.
Con frecuencia hemos pensado en la razón que nos hace distinguir de manera taxativa entre sueño y realidad. Esta distinción, que a muchos les parece elemental, no debió de ser tan clara entre nuestros antepasados, especialmente si pensamos en la gente común que, igual que ahora, dedicaba la mayor parte de sus esfuerzos a sobrevivir.
En realidad, ninguna conciencia claramente objetiva nos demuestra que la esfera de lo que llamamos realidad es más significativa que la de los sueños. Con frecuencia, incluso, el ámbito en el que éstos se producen es mucho más gratificante que el de nuestra realidad: nos permite comunicarnos con nuestros amigos lejanos, con nuestros amores perdidos, con nuestros muertos y hacer cosas que serían impensable en el territorio de la realidad.
Si nuestros sueños formaran parte de un mundo irreal, irremediablemente perdido e inútil, ¿ por qué habríamos de creer que en ellos se ocultan alguna de las claves que pueden ayudarnos a explicar nuestra manera de ser, nuestra naturaleza? ¿ Por qué les contamos nuestros sueños a esos médicos del alma que enfrascados en nuestras palabras, los analizan e interpretan?.
Cada día que pasa me siento propenso a considerar mis sueños como fracción esencial de esa parte de mí que no tiene nada que ver con el cuerpo, con la carne. Mis sueños, y los de todas las mujeres y los hombres, se producen cuando mi cuerpo está inactivo, dormido, así que me es lícito pensar en la existencia de otra naturaleza, distinta al cuerpo, de la que depende es otra realidad, esa otra experiencia que vivo cuando sueño. A esa naturaleza me aferro en tiempos como estos en que la realidad se me aparece cargada de oscuros presagios.
¿Qué sueñan los reyes, los emperadores, los poderosos?¿ Qué sueños los alcanzan cuando sus cuerpos duermen?¿ De quién huyen? ¿A quién persiguen?
Quizá los poderosos, los que siembran el odio y la discordia, los que desprecian la vida de los demás y glorifican la suya, ya no sueñan. O si lo hacen, olvidan sus sueños un instante después de despertar. O los desprecian y los desechan considerando que no existen.
Mas buena parte de los que sufren las dentelladas de la realidad y de la Historia cierran cada noche sus ojos con la esperanza de soñar, de sumergirse en esa otra realidad que se materializa cuando sus cuerpos están dormidos, quietos, inactivos. Entonces es realmente cuando sus tierras se llenan con el rumor de las cosechas; entonces sus hijos se confunden con el paisaje de su tierra; entonces la sangre y la muerte, el sufrimiento diario, la injusticia eterna, la guerra permanente se desvanece por unas horas, y la realidad adopta el rostro de un viaje.
Vosotros siempre tuvisteis un sueño pues házlo despertar.
Quizá hay un lugar en el que los sueños nos esperen…
Miquel Martí y Pol: ” La sort és una noia que em mira sempre des del fons del temps y té ulls clars i riu maliciosa..”
La Navidad es una fecha de nacimientos. Muchos dioses importantes, de religiones muy distintas y de épocas diferentes, han nacido en estos tiempos fronterizos entre el día y la noche. Antes de que el árbol luminoso invadiera nuestras casas, el adorno fundamental de la Navidad, su símbolo más auténtico, lo expresábamos con el “nacimiento”. De manera más o menos elaborada, con un afán artístico o sin él, los ciudadanos de este país el verdadero acontecimiento de la Navidad: el nacimiento de un Dios.
En torno al fin de diciembre, la vida parece prepararse para su renacer, a pesar de que ha de transitar aún por el helado sendero del invierno. El sol detiene en efecto, en torno a este día de Nochebuena su huída hacia el sur y lentamente comienza, de nuevo, el viaje hacia las sombras tierras del norte,a las que , poco a poco, irá inundando con su luz y su calor, ganando cada día tiempo a las sombras y espacio al helado Bóreas, el viento del norte, a la vez temido y venerado.
Vivimos los días del solsticio, los dias en que el sol se para y da la vuelta para viajar hacia el norte. Los antiguos griegos creían que esta “vuelta” del sol se iniciaba justo encima de la isla de Ortigia, el lugar yermo del mar Egeo en el que Leto, asida con todas sus fuerzas al tronco de una palmera, parió a sus dos hijos: Apolo y Ártemis. Apolo, el dios del sol y de la luz, inundó con sus rayos la desolada tierra de Ortigia que, desde entonces, recibió el nombre de Delos, es decir ,”brillante”.
El solsticio de invierno es el momento en el que nacen buena parte de los dioses/hombres. Algunos de ellos, como Jesuscristo, son hijos de mujeres mortales y, por tanto, arrastran la desgracia de tener que vivir con esa naturaleza ambigua que les hace, a la vez, dioses y hombres. Muchos de ellos tienen que “morir” para que su esencia divina prevalezca sobre su condición mortal y su figura sea emplazada por los hombres en el panteón de los dioses auténticos.
La navidad es también la época del nacimiento de muchos dioses redentores. Quizá esa sea la razón por la que todos pretendemos cargar estas fechas con sentimientos de concordia, de hermandad y de amor. Dioses tan distintos como Jesucristo, Mitra, Dionisio, Osiris o Krishna, están relacionados con este afán tan nuestro de integrarnos con los ciclos de la naturaleza y los sentimientos de bondad y de piedad.
Aunque el invierno parece un emisario de la muerte, anuncia en realidad un nacimiento que quizá pueda volver a ser, al cabo, un nuevo renacimiento
María… Su nombre es sencillo y alegre, como ella. María la del sueño despierto. María hija de la vida. De la Luna y el sol. De las estrellas…
La costa de Asia Menor es tierra de leyendas antiguas. Muchas nos hablan de mujeres altivas, de amazonas y de virgenes que, confiadas en su fuerza, desafiaron el reciente poder de los hombres. Algunas de esas mujeres legandarias fundaron ciudades junto a manantiales de agua clara o en bosques cuajados de olivos, como queriendo perpetuarse en el murmullo de los arroyos o en el rumor de las hojas.
También crearon santuarios en los que persistieron durante siglos algunos de sus rasgos, sobreviviendo a los cambios que dibujaron para siempre otro rostro a la Historia. Quizá fuera en Asia Menor, en ciudades como Sardes, la legendaria capital de los lidios, o Éfeso, cabeza de la provincia romana de Asia, donde mejor permanecieron los recuerdos de aquellas sociedades de mujeres.
En ambas ciudades hubo un templo dedicado a Ártemis, hermana de Apolo, la hija de Zeus y Leto, una diosa antigua e inquietante que la tradición mitológica de los griegos alteró notablemente. En efecto, en su imagen asiática Ártemis se nos presenta con el rostro cuajado de pechos que simbolizan el sagrado don de la fecundidad. Es una imagen que se parece poco a la representación griega de una diosa altiva, virgen, a la que no interesan ni el sexo ni los hombres, y que castiga con saña a quienes como Acteón, tienen la desgracia de contemplar su cuerpo desnudo.
El templo de Ártemis en Éfeso era conocido como Artemision, y debió de impresionar a todos los que tuvieron el privilegio de contemplarlo. Hoy sólo permanecen sus cimentos anegados, rodeados por el rumor de los cañaverales, los chillidos de las aves que los habitan y las voces de los vendedores que a pesar de paso de los milenios, siguen medrando al abrigo del recuerdo de la diosa. Pocos lugares reflejan mejor que éste el desdichado efecto de los actos humanos.
Con el paso del tiempo los cristianos intentaron que su religión brillase en esta tierra difícil en que las mujeres tenían nublados recuerdos de su antiguo poder. Utilizaron como cantera las antiguas piedras talladas del Artemisión y construyeron con ellas buena parte de la basílica que habría de servir de tumba del evangelista Juan. Sin embargo, incluso así, el recuerdo de la vieja Ártemis permaneció vivo; hizo falta que otra virgen, de nombre María, madre de un nuevo Dios, muriese en esta tierra de Éfeso para que la gente común comenzara a perder el recuerdo de la antigua diosa virgen, amante de los manantiales y los bosques.
Una nueva virgen, fecunda como sus antepasadas, para un mundo nuevo regido por los hombres…
“Un mundo nace cuando dos personas se besan…” Octavio Paz
“… La oscuridad es tenue y mi amo duerme
tocado con un bonete cónico de seda
y su larga nariz amarillenta en su barba blanca.
Pero yo aún estoy despierta
y escucho en el exterior
la canción de una flauta que se desborda
alternativamente en alegría o tristeza.
Una melodía por momentos lánguida o frívola
que mi querido enamorado toca,
y cuando me acerco a la ventana,
me parece que cada nota vuela
desde la flauta a mi mejilla
como un misterioso beso…”
Desde la cima del monte contemplaba el mundo. Aunque no lo sabía, aquel territorio virgen, poblado de olivos cuajado de hierbas y plantas aromáticas, no era el mundo, sino un punto diminuto, apenas un islote desamparado en medio de un océano desconocido.
Sin embargo, la tierra que podía columbrarse desde aquella cima boscosa parecía inmensa y apacible. No veía murallas ni torres de defensa, tampoco se distinguían las fronteras, pues ríos, montañas y valles no parecían delimitar territorios diferentes sino aunar un paisaje común, un espacio que parecía poblado por miembros de una misma familia: los mismos olivos, los mismos surcos sobre la tierra, las mismas casas, los mismos dulces sonidos.
Con todo, sabía muy bien que, al descender de aquel lejano y apacible, los hombres, igual que animales celosos, se le aparecían como lo que son en esencia: seres territoriales que delimitan sus posesiones con muros, fronteras, ejércitos y banderas. Ya no orinan como perros para dejar constancia de su olor, de su presencia, de su pretendido dominio sobre los territorios marcados, pero establecen fronteras, organizan ejércitos, cavan dentro de sus territorios las tumbas de quienen se atreven a penetrar en ellos sin haber mostrado signos de sumisión o acatamiento.
Tumbado al frescor de las noches, contemplaba el mundo rodeado por la soledad y el rumor del viento entre los olivos. Cuando el sueño estaba a punto de vencerme me recostaba mirando hacia el cielo de la noche y examinaba las estrellas, brillantes como hogueras diseminadas a través de una llanura de pastos perpetuos. A veces imaginaba que eran lunas alejadas de la tierra por algún viento inconcebible que las hacía moverse como navíos perdidos en la noche, mis ojos se abrían intentando penetrar a través de la distancia por el deseo de calcular el rumbo de aquellas naves, lejanas y silenciosas . El cielo era mi verdadero territorio, mi patria, el lugar al que siempre deseo volver. Cada negra noche, cada azulado día, contemplaba sus mensajes: leía las letras de luz que anunciaban las lluvias o los vientos; interpretaba las notas de una música cargada de silencios y sentía la maravillosa calma, sin centinelas, sin armas, sin banderas.
´” Algún día” , pensaba, “los hombres cultivarán su inteligencia y enterrarán para siempre el instinto de animales territoriales. Entonces, la luz del pensamiento inundará para siempre los sombríos territoriales que oscurecen las banderas”.
Visito en mis sueños, la gran ciudad de las que sobresalen unas sublimes cúpulas turquesas: Samarkanda, un nombre que acaricia los oídos con la musicalidad de los lugares de leyenda… Alejandro Magno, - se vería a sí mismo como la reencarnación de Aquiles, el héroe griego- cuando vio la antigua Marakanda cayó rendido a sus pies: “ Todo lo que había oído sobre la belleza de la ciudad es verdad, excepto que es mucho más hermosa de lo que imaginé”.
“Cuando estamos fuera/ paseando una noche me coges/ de la mano y/te alejas conmigo/ de la mano y/ no regresas nunca jamás”. Lars Norén
Este camino tal vez no conduzca a ninguna parte, pero alguien viene por él.
Buena parte de nuestra vida, amigas/os, transcurre mientras buscamos abrigo,. Como una nave estremecida por los vientos, intentamos encontrar abrigo que nos proteja de los amenazantes escollos, y que nos permita descansar, mecidos por la calma.
Como el marino exhausto que ha vencido una vez más a la muerte, creemos contemplar el paraíso cuando el agobio de nuestras preocupaciones, el helado frío que atenaza nuestros recuerdos, desaparece abrigo de las palabras de un amigo o del cálido abrazo de un cuerpo que nos ama. Sentimos cómo la mirada de nuestros hijos templa nuestro desasosiego y llena nuestro ánimo con la suave carga del amor eterno. Notamos cómo el peso de nuestras responsabilidades se diluye entre las cuatro paredes que conocemos, como si nuestras cosas, nuestras efímeras posesiones , llenaran de sentido cada instante, ya pasado, de nuestra vida.
Podemos dominar nuestra sed, templar nuestras ansias e, incluso , doblegar nuestros instintos. Podemos vencer la enfermedad y enfrentarnos con nosotros mismos en la lucha que dura tanto como nuestra propia vida. Podemos pactar con el tiempo, refugiarnos de su despiadada carrera con el dulce fármaco de nuestros recuerdos, como si sumergirnos en lo que fuimos aplacara el curso de los años en un remanso quieto, en un lago tranquilo cuyas orillas se dibujan al abrigo de los vientos.
Ahora, puedo deciros que mi vida ha detenido su carrera. Ya no me atraen los hombres ni la fama, ni creo que en el otro mundo, donde la calma parece que ha de presidirlo todo, las glorias pasadas me rediman de las innumerables veces que equivoqué el rumbo de mis actos. Todavía recuerdo las noches que pasamos en vela, poseídos por la venenosa enfermedad del trabajo y desvelados por la equivocada creencia de que estaba en nuestras manos redimir el mundo entero.
Escribo desde el patio de la casa de Rena , el lugar del que tantas veces os hablé, mientras compartíamos el deleite del poder y el amargo don de las responsabilidades. Mientras pasa la estrella fugaz, rodeado por los ecos del mar y de los pasos ausentes de Rena, a veces me siento como un águila en el aire… Arropado por la brisa a salvo de los honores de Roma, creo que he encontraré el abrigo definitivo: la calma. La paz…
No tengo remedios que mitiguen mis angustias, ni drogas que alivien mi severa melancolía.A veces me siento como un águila en el aire… Sólo puedo deciros que Roma se ha transformado en una hoguera en la que están ardiendo todos los ideales que, en otro tiempo , nos alimentaron. La libertad se ha convertido en una excusa y la ley ha terminado por proteger más al que la incumple que al ciudadano celoso, preocupado por su cumplimento. La política se ha transformado en un ejercicio diario de vileza que ha trocado la “res pública” en una fortaleza inexpugnable en la que se han atrincherado catervas de rufianes y los ciudadanos, contagiados por las maneras de sus representantes, han olvidado la razón y han entregado sus esperanzas.
Es difícil, abrigarse de los peligros de Roma, pues ¿quién puede evitar que las olas, alimentadas por un viento que no cesa de soplar, acaben por derrumbarse los diques que nos protegen de su furia?.
Yo estoy lejos ya, amigas/os. Las furiosas olas que alimenta la política se desventan en el patio de la casa de Paros, y mi corazón late alimentado sólo por mis sueños.
Mi sueño, mi próximo destino, se llama … Samarcanda. Bella ciudad que cantaron los poetas turcos y persas. Ruba’iyyat de Omar Jayyam, filósofo, astrónomo y poeta persa cantó en sus versos: ” Samarcanda, el más bello rostro que la Tierra volvió jamás hacia el sol.”
Isadora Duncan: “En la medida en que el sufrimiento de los niños, está permitido, no existe amor verdadero en este mundo…
Hay fotografías que quizá vemos pero no miramos.
“Across the border” (Al otro lado de la frontera) Bruce Springsteen
” Esta noche mi maleta está hecha
Mañana caminaré por estas vías
Que me llevarán al otro lado de la frontera
Mañana mi amor y yo
Dormiremos bajo los cielos castaños
En algún sitio al otro lado de la frontera
En las calle de los barrios de todas las ciudades pululan, igual que planetas perdidos en un cielo infinito, una multitud de niños sin patria, sin hogar, sin refugio. Sobreviven como pueden, asidos al paso de las horas y de las estaciones, condenados a crecer en un mundo que los contempla como una amenaza, como a los hijos ilegítimos de un universo que da vueltas sobre sí mismo sostenido por millones de atlantes cuyos hombros lacerados sangran bajo el peso de su desesperación.
Muchos se saben esclavos, hijos de esclavos. Otros lo son sin saberlo. Sus cuerpos son como los de nuestros hijos; sus deseos, infinitamente más escuetos. Sus sueños forman parte de lo que nuestros hijos desprecian cada día, y sus ojos están teñidos de una tristeza profunda, casi invisible. Tiene manos rasgadas, abiertas por el frío de la soledad.
Dejaremos atrás, cariño
El dolor y la tristeza que aquí encontramos
Y beberemos de las aguas lodosas del río Bravo
Donde el cielo se vuelve gris y amplio
Nos encontraremos al otro lado
Allí, al otro lado de la frontera.
Cuando contemplo a esos niños me pregunto si sobrevivirán a su niñez, si podrán vivir lo suficiente como para intentar abrir alguna de las puertas que los mantienen encerrados en ese mundo sombrío que habitan desde su nacimiento. ¿Qué salida, qué salvación puede ofrecerse a todos ellos, qué camino pueden transitar para contemplar, aunque sea sólo de lejos, el paraíso que se extiende más allá de las sucias calles en las que consumen su vida de prisioneros? ¿Qué dioses son sus dioses? ¿Qué padres son sus padres?
Como pequeños depredadores acechan en las esquinas o se ocultan entre las sombras de la noche. Sus presas, con frecuencia, están marcadas por las mismas desgracias que ellos, y hablan su mismo lenguaje: el idioma de todos los desgraciados, la jerga de los habitantes de un mundo infiel que les ha robado hasta el dolor de sus recuerdos. Ningún dios los invita a sus banquetes; ninguna diosa a su lecho. Ninguno de nosotros hace nada por alterar su destino.
Para tí construiré una casa
En lo alto de una verde colina
En algún lugar al otro lado de la frontera
Donde el dolor y la memoria
El dolor y la memoria hayan sido calmados
Allí, al otro lado de la frontera.
La vida de estos niños sin nombre, sin padres ni familia, es la prueba viviente del fracaso de nuestro mundo. En los telares de oriente, en las minas, en las cocinas de las mansiones, en los campamentos de nuestros ejércitos, en los vertederos en que se pudren los deshechos de nuestra opulencia, en los prostíbulos y en las tabernas, un ejército de esclavos diminutos bulle sin desmayo. Cosen, pican, limpian, fabrican, trabajan sin vértigo para conseguir que la muerte no los arranque de la mísera vida que llevan a diario. Sonríen cuando comen. Tiemblan cuando el humor de sus amos descarga sobre ellos como una tormenta repentina. Sueñan con dioses benefactores que los abrigan mientras duermen.
Y dulces flores llena el aire
Pastos de oro y verde
Se extiende hasta llegar a aguas frescas y claras.
Y en tus brazos bajo cielos abiertos
Besaré el pesar de tus ojos
Allí, al otro lado de la frontera.
Cada noche se refugian en alguna grieta que los aleje de las frías sombras. Calientan sus cuerpos con el calor de otros cuerpos que comparten con ellos el fuego de sus desgracias, mientras intentan disfrutar del silencio que al anochecer se abate sobre el mundo.
Esta noche cantaremos las canciones
Soñaré contigo, mi corazón
Y mañana mi corazón será fuerte.
Y ojalá que la gracia y la bendición de los santos
Me lleven a salvo hasta tus brazos
Allí, al otro lado de la frontera.
Saben que, al alba, la luz del sol habrá de calentar una tierra en cuyo vientre nada crece para ellos.
Por lo que somos
Sin la esperanza en nuestros corazones
De que un día beberemos de las aguas sagradas de Dios
Querida Rena, he recibido las cartas que me has ido enviando de camino. Me impresiona poderosamente todo lo que me dices y, en medio de mi amor, me estremezco a menudo cuando recuerdo aquellas noches sin fin. ¿ No llegarás a olvidarte de amar?
Mi vida, nuestra capacidad para utilizar el lenguaje nos diferencia de los demás seres vivos. Además de sonidos (fonaí), los seres humanos somos capaces de emitir palabras (lógoi) . Con ellas podemos comunicar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros temores. Con las palabras podemos llegar a construir obras de arte que permanecen, fijadas por el alfabeto, a través de los tiempos.
Los hombres somos seres sonoros, que comunicamos constantemente nuestras experiencias. En cualquier lugar del mundo, por apartado que parezca, suena la música de las palabras envolviendo todo lo que las rodea; en cualquier ciudad, o pueblo, en medio de los desiertos o de los mares, los ecos de las palabras llenan el vacío espacio de las cosas con el drama diario de la especie humana.
Un poco de sangre para hacer un poco de barro
Es la hora en que los tendidos
Se toman por Don Juan.
Es la hora en que los ingleses
Se toman por Montherlant
¡Ah! Quién nos dirá en qué piensa
Un toro que gira y danza
Y que descubre de pronto que está totalmente desnudo
¡Ah! Quíen nos dirá con qué sueña
Un toro cuyo ojo se alza
Y que descubre los cuernos de los cornudos
A nuestro lado, amada mía, empero, hay un mundo silencioso, ajeno a las palabras, al que sólo oímos de soslayo. Los animales nos miran, nos obedecen, nos toleran sin poder transmitirnos con palabras su dolor, su miedo, su alegría o sus angustias. Condenados por la naturaleza a no articular el sonido, a no emitir palabras, creemos que no sufren, que no sienten, que no son capaces de pensar, de angustiarse ante la violencia o de rozar la felicidad con la contemplación de un hijo. Sin palabras parece que no hubiera inteligencia. Sin palabras el sufrimiento no se comunica y el dolor no se materializa
Los toros se inquietan el domingo
Cuando se trata de sufrir para nosotros.
He aquí los toreros y la multitud se arrodilla
Es la hora en que los tendidos
Se toman por Garcia Lorca
Se toman por la Carmencita
Los toros se inquietan el domingo
Cuando se trata de morir por nosotros.
Delante de nosotros los animales mueren sin lágrimas en los ojos, sin palabras que expliquen su sufrimiento. Arrastran nuestras cargas, nos regalan su fuerza o su velocidad, y nos entregan su amor y su confianza. No pueden expresarlo con palabras, no pueden escribir sobre sus tumbas el reflejo de sus sentimientos. Se entregan a las leyes de la naturaleza, a los ciclos de la vida y de la muerte sin quejarse, sin hacer ruido. Sin ceremonia.
Esta ausencia de palabras, la imposibilidad de expresar con ellas todo el Universo de los sentimientos, ha hecho que muchos hombres consideren a los animales seres inferiores, carentes de inteligencia o de sentimientos, condenados a servirnos sin tregua y sin cuartel, sin palabras de queja ante los golpes, ni de reproche ante la crueldad.
Pero la espada va a hundirse y la multitud se inclina
Pero la espada se ha hundido y la multitud está en pie.
Es el instante de triunfo en que
Los tendidos se toman por Nerón.
Es el instante de triunfo en que
Los ingleses se toman por Wellington.
¡Ah! ¿Tal vez al caer a tierra
Los toros sueñan con un infierno
En el que arderán hombre y torero difuntos?
¿ O bien a la hora de la muerte
No nos perdonarán
Pensando en Srebenica, Somalia, Palestina
Nuestro mundo, amor mío, empero es un mundo de palabras. Gracias a ellas comprendemos el sufrimiento y el gozo de quienes habitan junto a nosotros; gracias a ellas existe la esperanza del perdón, de la piedad, de la comprensión y de la paz, pero también la realidad de la mentira, el elogio de la traición, el desprecio por quienes muestran debilidad o duda y en los funerales.
Los animales, empero, viven y mueren en silencio. El drama de sus vidas se desarrolla en un escenario callado desde el que sólo se escuchan los gritos de los espectadores.
Tinc un amic que cuido poc massa sovint i a ell li dec tot el que sóc.
El meu amic sempre és aprop i, dels que tinc, ha estat aquest sempre el millor.
Mai he tingut trassa a escoltar-lo massa. Va passant el temps i ell se'n resssent,
s'allunya a poc a poc.
El meu amic té por quan està trist i no endevina quina és la raó que l'amoïna.
Viu rifant la seva sort.
Viu protegit dins el seu món que ha fet a la mida a les esquenes de tothom.
Massa camins se sent molt sol i es va encongint, i hi dóna tombs, i no va enlloc...
La seva balança sempre decantant-se. A cops tan valent que res no tem, d'altres tan poc, tan poc...
El meu amic té por quan està trist i no endevina quina és la raó.
Mentre rumies et dic que el meu amic sóc jo.
Aristófanes, nació en Atenas, el año 448 a. de C. escribió “Lisistrata”, una comedia picante y pacifista. Con esta obra- representada en Atenas en el año 411 a. de C.-, el genial ateniense imaginaba una solución verdaderamente original para terminar con la guerra que enfrentaba, bajo el liderazgo de Atenas y Esparta, a todo el mundo griego.
Reproduzco una epístola o cartas entre dos amigas:
” Quizá haya llegado ya la hora, amiga mía, de desconfiar definitivamente en la capacidad de los varones para resolver los problemas que se nos plantean a diario, pues sabes tan bien como yo que siempre han zanjado todas las dificultades (creados por ellos mismos normalmente) a base de golpes. Es éste un hecho que, por otra parte, quizá revele que están por detrás de muchos animales en eso que Anaximandro llamó progreso de las especies.
Ciertamente, una suerte de impulso parece propiciar que muchísimos varones (para quienes la violencia es su alimento cotidiano y la guerra su estado natural) no se conduzcan como hombres, sino como machos de una especie animal propensa a percibir el mundo como un territorio de caza que debe ser defendido constantemente contra toda laya de enemigos, reales o no.
Apártameestanoche Paraempaparal100% lossentidos Y hacermilformascontucuerposobreelmío Hastaquedarnosenlazados… biendormidos.
Siendo esta una época en que la civilización ha progresado enormemente, se diría que las armas podrían haber sido ya sustituidas por las palabras, la territorialidad por la universalidad, el impulso animal por la reflexión y la rigidez de la ideología o política por la flexibidad de la razón. Sin embargo, lejos de ello, parece que una naturaleza animalesca sigue caracterizando a muchos de nuestros varones, especialmente a los que, por razones que sólo los dioses pueden comprender, han conseguido convertirse en dirigentes.
Para esta ralea de machos, el uso de la palabra es simpre síntoma de debilidad; el ofrecimento de diálogo al adversario, o incluso al enemigo, es igual a rendición; la no asunción de sus ideas, sinónimo de traición. Siempre están dispuestos a encarcelar, incluso a eliminar a quienes no comparte su estrecha visión del mundo o a quienes creen que la patria no es el territorio acotado de una tribu de violentos animales.
Su apariencia es de hombres, pero dentro de ellos late una naturaleza cuya esencia no logro comprender: mienten, delatan, traicionan, y corrompen a la vez que dicen actuar a favor de la verdad, la lealtad, la libertad, la ley, la democracia, y, sobre todo, la razón; la única razón “su razón”.
¿ Qué podemos, a hacer las mujeres para intentar frenar a estos machos violentos, dispuestos siempre a sacar pecho? ¿ No sera el sexo, dada su inclinación hacia lo animal, lo único que podría pertubarlos? ¿ Y si todas las mujeres les negásemos el placer sexual mientras no modificaran sus conductas, empezando (es un ejemplo) por abolir las guerras.
Apártameestanoche Paraentregarnoshastaelultimosuspiro Y recorrerteconmislabiospalmoapalmo Todoelcuerpohastaellugarmasescondido
Apártameestanoche Paraempaparal100% lossentidos Y hacermilformascontucuerposobreelmío Hastaquedarnosenlazados… biendormidos.
Paz o sexo o, por el contrario, guerra y abstinencia. Ante la alternativa, quizá los machos acabarán por ser hombres….”
Todo el mundo atraído por el anuncio solemne que se había hecho unos días antes, estaba sentado frente al televisor o se fueron congregando en la sede de la ONU, (Primera Avenida de Nueva York): todas las potencias habían por fin decidido poner coto a las actividades de los piratas.
Una sensación de alivio había recorrido todos los puertos de todo el mundo: las familias de pescadores y marineros, los armadores dueños de barcos, las empresas dedicadas a la contratación de toda suerte de fletes y de mercancías parecieron respirar con algo de calma en aquellos dias en que, por primera vez, un decreto de las NNUU parecía tomarse en serio el gravísimo problema de las seguridad en los mares y de la viabilidad de las rutas comerciales.
Aquella tarde de otoño, con el sol calentando los rostros y la brisa haciendo ondear las telas de los vestidos, la ONU iba a revelar solemnemente el nombre de la persona encargada de llevar a cabo un ambicioso plan contra las prácticas de los piratas: los robos, las amenazas, los secuestros y los asesinatos cometidos por las hordas de desheredados dedicados al lucrativo negocio de la piratería iban a ser atacados de frente. Definitivamente.
Navega, velero mío,
Sin temor,
Que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza
Tu rumbo a torcer alcanza,
Ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
Hemos hecho
A despecho
Del inglés,
Y han rendido
Sus pendones
Cien naciones
A mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria, la mar.
Allá muevan feroz guerra
Ciegos reyes
Por un palmo más de tierra;
Que yo aquí tengo por mío
Cuanto abarca el mar bravío,
A quien nadie impuso leyes.
Mas cuando los gobernantes comenzaron a salir del edificio de las NNUU, la multitud no prorrumpió en gritos de alabanza ni de júbilo. Sólo silencio; un espeso silencio que, repentinamente, se adueñó de aquel espacio.
Los amos del mundo dirigieron su atónita mirada hacia el corazón de la multitud. Escudriñaban los rostros, los cuerpos, los movimientos de la gente, como quien mira una masa informe, estúpida, carente de inteligencia y de poder. Mas no eran capaces de percibir ninguna señal que les hiciera comprender el origen, la explicación de aquel tenso silencio que parecía ser el preludio de una tormenta cargada de negros presagios.
Y no hay playa,
Sea cualquiera,
Ni bandera
De esplendor,
Que no sienta
Mi derecho
Y dé pecho
A mi valor
Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria, la mar.
A la voz de “barco viene”
Es de ver
Cómo vira y se previene
A todo trapo a escapar.
Que yo soy el rey del mar.
Y mi furia es de temer.
En las presas
Yo divido
Lo cogido
Por igual
Sólo quiero
Por riqueza
La belleza
Sin rival
Realmente, aquellos dirigentes que regían el mundo a impulsos de sus propias necesidades, no comprendían que algún misterio había hecho al pueblo percibir que ellos eran los que provocaban las carestías y las hambrunas; ellos subían y bajaban el valor de las monedas, las bolsas según el discurrir de sus propios intereses; ellos gobernaban las naciones como si fueran sus fincas; ellos sostenían tiranos y alimentaban guerras.
Los ciudadanos, el pueblo por fin había entendido que aquellos hombres, rectores del mundo, administradores del dolor, del hambre y de la muerte, eran los piratas.