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Falsos Apolo
“…O Febo, desde tu trono de verdad,
Desde tu morada, en el corazón del mundo,
Hablas a los hombres,
Como Zeus produce el orden
Ningún error se da jamás en él,
Ni sombra alguna oscurece este mundo de verdad.
Zeus ha glorificado con un título eterno el honor de Apolo,
Para que todos, con inquebrantable fe,
Logren creer en su palabra…”
” Vagabundear” de Joan Manuel Serrat
” Harto ya de estar harto, ya me cansé
de preguntar al mundo por qué y por qué.
La rosa de los vientos me ha de ayudar
y desde ahora vais a verme vagabundear
entre el cielo y el mar.
Vagabundear.
Como un cometa de caña y de papel,
me iré tras una nube, para ser fiel
a los montes, los ríos, el sol y el mar.
A ellos que me enseñaron el verbo amar.
Soy palomo torcaz.
Dejadme en paz.
No me siento extranjero en ningún lugar.
Donde hay lumbre y vino tengo mi hogar.
Y para no olvidarme de lo que fui,
mi patria y mi guitarra las llevó en mí.
Una es fuerte y es fiel.
La otra, un papel.
Estamos rodeados de adivinos, de hombres que son convocados por toda clase de personas que desean conocer algún aspecto del futuro. Son tipos de aspecto normal, rodeados quizá por un halo de seriedad que esconde con fecuencia una naturaleza frívola, propensa al engaño y sustentada por una vacua erudición. Acuden con presteza a la llamada de los gobernantes y pontifican sin reparo sobre el curso de las guerras, el futuro de los negocios y del destino político de toda clase de gobernantes. Algunas veces se atrevan a proclamar desastres sin cuento ligados a determinadas victorias o derrotas electorales.
Aunque parecen restos del pasado, los adivinos no han dejado nunca de ejercer su oficio de embaucadores, y, como espectros que se niegan a desaparecer de un mundo al que ya no pertenecen, siguen ofreciéndose sus servicios. Han cambiado sus atuendos, han desterrado algunos de sus hábitos e intentan desvincularse de la sangre y las vísceras de los animales y de la tutela de los dioses antiguos. Algunos de ellos prefieren ser llamados “expertos”,y no adivinos,como si sus supuestos conocimientos hubiera sido el fruto de la experimentación, de la experiencia.
Con ese nuevo disfraz, que los aleja de los ritos antiguos y de la tutela de la religión, esta nueva clase de adivinos nos agobia desde todos los rincones de la vida pública, pues constantemente emite sus veredictos con la arrogancia del que sabe que nunca deberá rendir cuentas de sus errores, sus mentiras o sus falsas e interesadas previsiones. Deseamos tanto indagar el futuro, es tan grande la tranquilidad que nos produce la ilusión de conocer lo que va a suceder, que, sin darnos cuenta, nos ponemos en manos de esa nueva clase de profetas acostumbrados a proyectar hacia el futuro las miserias del pasado y del presente.
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Por la Paz
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La sangre del alma
Khalid Gibrán, poeta libanés: ” La tristeza es un muro entre dos jardines”.
El mar parecía un desierto inundado por dunas de agua.
Había salido de algún lugar de la costa de África. Habían embarcado de noche en una nave pequeña, poco más grande que un esquife, como si fueran fugitivos de una patria que los rechazara. En realidad lo eran, aunque no huían de la ley, ni de las cárceles, ni de la venganza de algún dios desconocido, sino de un enemigo implacable, poderoso, cuyo rostro parecía poseer los rasgos de los monstruos invencbles. Huían del hambre.
Cuando estuvieron hacinados en la cubierta de la embarcación, abrazados al hatillo en el que transportaban el mismo patrimonio que los vinculaba con alguna clase de pasado,el barco comenzó a moverse. Era un movimiento lento y caprichoso que, poco a poco, fue adquiriendo una cadencia, un ritmo comprensible que contribuyó a tranquilizar a aquellos hombres desesperados que navegaban rumbo a un imaginado paraíso.
Mar adentro, la noche parecía distinta a todas las que habían vivido hasta entonces. Una oscuridad impenetrable, sin el más mínimo fleco de luz, parecía inundar el mundo entero. Acostumbrados a las tareas de la tierra, a olor de las escasas cosechas y al dulzor del agua delos ríos, el mar les parecía la oscura garganta de un gigante.
Durante la segunda noche de navegación la brisa se transformó en viento y la ondulada superficie del mar adquirió, poco a poco, el aspecto de una cordillera. Los rociones de las olas los empapaban, y el rugido de las rompientes parecía anunciar el ataque de una fiera. En poco tiempo el frágil navío quedó a merced de un mar despiadado cuyas olas se sucedían en una cadencia sistemática, implacable, inhumana.
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La necesidad no hace vacaciones
Plauto: ” Es triste y terrible decir “tenía” y no tener ya nada.”
La inmigración ilegal no es un fenómeno de nuestros días….
Con frecuencia he viajado por lugares en los que la gente habita bajo el techo del cielo o el abismo de la noche, sin más posesiones que sus cabras y una tienda de campaña, se desplazan por tierras desérticas tras la estela de las estaciones, tras el rastro del agua y de al compás de estas migraciones con recelo por aquellos que tras haber abandonado la necesidad de migrar, viven atrapados por la trampa de su propia riqueza.
Más hoy, cuando Roma parece haber asentado su poder sobre el resto de los pueblos, cuando la paz impuesta por sus ejércitos allanan el sueño de todos los romanos y la estabilidad en el interior de sus fronteras descansan sobre la base de una ley global y un futuro compartido, una nueva clase de nómadas sin otro objetivo que la supervivencia, parece desplazarse irremediablemente hacia el interior de las fronteras romanas.
No buscan pastos, para su ganado ni el calor del sol para aliviar la helada necesidad que los impulsa, no viven en tiendas ni en chozas; sus vidas van agostándose poco a poco en las grietas de las carreteras debajo de los ojos de los puentes o en las oquedades malolientes de los barrios de las ciudades. Cada día se consagran a la tarea de sobrevivir y de seguir soñando con lograr el único salvoconducto que puede sacarlos de su forzado viaje; la ciudadanía romana.
Muchos de ellos, después de desafiar la furia de los mares, de sobrevivir al asalto de las fronteras, de escalar muros y verjas, son detenidos y deportados a una tierra en la que no tienen la más mínima posibilidad de prosperar. Entonces, mirando a su alrededor como animales resignados a la presencia de un depredador,vuelven a tomar la ruta de regreso, forzados a girar en torno a un mundo de miseria.
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Todo está lleno de Júpiter
Séneca: ” Mienten quienes dicen no percibir la existencia de Dios, pues, aunque de día así lo afirmen, solos y de noche, dudan.”
Quizá nada nos hace más humanos que nuestro deseo de no morir. En todas partes, por todos los lugares en que los hombres hemos sido capaces de vivir y prosperar, hay dioses que nos prometen alguna clase de vida después de la muerte, pues la inmortadidad parece que solo puede concedérsenos después de muerto. Esta paradoja nutre la fantasía de los hombres, reúne en torno a los altares de los sacrificios a multitudes de fieles acercándolos a una esperanza que siempre me ha parecido improbable: la consecución de una vida mejor después de la muerte.
En las circunstancias más extremas, después de las catástrofes más crueles, la gente sigue aferrándose a la idea de unos dioses que siempre aparecen como la última esperanza. He visto a hombres que lo habían perdido todo detrás de una nada rezar entre los escombros de lo que había sido su mundo; he visto a mujeres suplicar a sus dioses rodeados de los cuerpos sin vida de sus hijos, asesinados por cualquier clase de soldados o destrozados por la fuerza indescriptible de la naturaleza; he visto a niños de mirada perdida vagar por campos arrasados o por pueblos destruidos gritando el nombre de dioses desconocidos.
Me pregunto qué rostro tienen esos dioses que se esconden siempre detrás de una catástrofe y me admira que, quienes lo han perdido todo, en los instantes trágicos que siguen a su desgracia repentina, continúan llamándolos, invocándolos, pidiéndoles una ayuda que esos dioses sólo parecen estar dispuestos a ofrecer después de la muerte.
Imagino que, entre los muros derruidos de las chozas, entre las ruinas de lo que un día fueron pueblos colmados de gente que soñaba con el futuro, pulular después de cada catástrofe, no sé si avergonzadas u orgullosa, las siluetas de todos esos dioses a quienes los desesperados invocan como custodios de sus únicas, de sus últimas esperanzas. Los imagino como a las águilas, que vuelan majestuosas e inasesibles por encima de nosotros, pero que se tornan torpes, casi grotescas al abandonar la etérea superficie de los cielos, para intentar posarse en la tierra, entonces sus alas no sirven, y sus pasos parecen premiosos y aturdidos.
Escrito en Actualidad, Mitología
El “des-orden” del mundo
Lucrecio: ” Oh, miserables espíritus de los hombres! ¡Oh, ciegos corazones! ¡En qué tinieblas, en qué peligros tan grandes se consume el tiempo de esta vida nuestra, tan breve!”.
El hombre rico se levantó de la cama con la angustia clavada en el pecho. Pensó primero que era un malestar pasajero que no tardaría en desaparecer. Mientras una legión de esclavos ungía sus miembros con los más exquisitos perfumes, peinaba sus cabellos, con peines de oro y cubría sus cabellos con peines de oro y cubría su cuerpo con ropas de seda, comprobó que aquella punzada interna, aquella sensación perturbadora no desaparecía de su pecho.
Intentó quitarse de la mente todo atisbo de preocupación al ver los manjares suculentos que le traían otros esclavos, de razas y aspectos difrentes. Algunos parecían contentos, otros mantenían el rostro con la inexpresividad de una efigie de piedra. Delante de él colocaron toda clase de alimentos, con el fin de que, como cada día, eligiera entre el sésamo de Siria, la miel de Atenas, los dulces perfumados de Fenicia o de Libia, el vino de Hispania… Contemplaba los platos cuyos colores realzaban los alimentos que, en cálido orden esperaban su aquiescencia.
Se levantó del sillón sin probar nada, pues la sensación de angustia no disminuía con el paso de las horas. Entró en una sala sobre cuyas paredes se dibujaban mapas perfectos que le mostraban a diario todos los territorios de su reino. Posó sus ojos en ríos, lagos y ciudades, más no consiguió disminuir su angustia. Al contrario, notó cómo el invisible puñal que estaba hiriendo su conciencia parecía clavarse más a cada instante que pasaba.
Escrito en Actualidad, Reflexiones
La educación
Cicerón, “De Divinatione”: ” ¿Qué mayor o mejor servicio podemos hacerle al Estado que enseñar y educar a la juventud?”
En el mes de septiembre imaginamos que se abren muchas sendas, muchos caminos que conducen hacia tierras desconocidas. En los colegios, institutos y universidades los niños y los jóvenes otean el horizonte entre sorprendidos y recelosos, esperando que el milagro del conocimiento se muestre ante ellos en medio del desolado paisaje de las leyes educativas los planes de estudios.
Tods los hombres miramos hacia el futuro porque creemos que estamos llamados a sobrevivir. Intentamos ubicarnos en un tiempo que no nos pertenece porque estamos llenos de proyectos y de sueños, y deseamos llegar a tiempo de cumplirlos. Creemos firmemente que el futuro nos espera y estamos convencidos de que ha de depararnos mejores dones que el presente.
Hay personas, sin embargo que no saben que tienen futuro. Atrapadas por la necesidad y por la impotencia, apenas pueden proyectar sus pensamientos hacia el presente, porque nada hay que alumbre para ellos las rutas que transitan hacia el mañana; ningún mapa las refleja. Son personas como nosotros, llenas de sentimientos y de bondad, llenas de entusiasmo por conocer, ansiosos por penetrar en otro universo distinto y recorrer caminos que, por duros que resulten, no conduzcan de nuevo hacia el pasado. Pues, al cabo, es el pasado lo unico que les pertenece.
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Todos anhelamos vivir una Odisea
Rainer Maria Rilke: “… y no basta con tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener paciencia de esperar que vuelvan.”
” Quan surtis d´anada cap a Ítaca,
prega que sigui llarg el camí,
ple d´aventures, ple de coneixences…
” Ya estoy en el mar Jónico, Rena. Poco a poco la distancia se va acortando y los recuerdos se avivan a cada paso que doy hacia la isla de Paros. No sé qué fuerza es la que me impele hacia tí, ni si al llegar por fin al puerto de tu isla ( siempre me ha parecido que Paros es tu isla) notaré ese calor interno que nace siempre de los momentos decisivos.
A mi alrededor oigo hablar griego. Sé que es la lengua que amas, la lengua en la que mejor expresas tus sentimientos y tus emociones. Recuerdo las conversaciones en las que me decías que la lengua de Homero era capaz de expresar el amor, la pasion y las dudas como ninguna otra, con la dulzura de una caricia o con la aspereza de una roca. Ahora me complazco en recordarla, en hablarla de nuevo ya cerca de la tierra que hiciste tuya hace tiempo. Aquí en Grecia, las palabras suenan con una cadencia distinta, con un eco que parece nacer de un mundo presente y ausente a la vez, como si el tiempo no fuera materia absoluta y pudiera y venir, avanzar y retroceder con la facilidad con la que un arbusto es agitado por vientos contrarios.
… Els Lestrígons i els Ciclops,
l´enfurit Posidó no temis,
tals coses en el teu camí mai de la vida no trobaràs,
si es manté el teu pensament elevat, si selecte
emoció l´espirit i el cos teu toca…
Sólo te amo a tí, Paz, bella y esquiva Paz
Como Petrarca: ” I´vo gridando pace, pace, pace…”
Hoy se ha hablado de paz en el Senado. Delante del cónsul y de los tribunos del pueblo, las diferentes facciones han esgrimido sus argumentos, han decantado sus posturas. La sesión se ha celebrado con las puertas abiertas para que el pueblo, congregado en las escaleras exteriores y en el foro, pudiera escuchar los argumentos de todos los oradores.
Rodeado por la multitud, atosigado por la presión de otros cuerpos, he podido ver al cónsul, sentado en su silla, alumbrado por la autoridad que le ha conferido el pueblo romano. Al empezar la sesión, aliado con el silencio de todos, ha pedido la unidad de los grupos, ha demandado lealtad y ha tendido sus manos hacia los escaños de todos los senadores.
Ahora ya es de noche. La brisa del principio del verano barre con suavidad la plaza del foro, llena de los deshechos desperdigados de tanta muchedumbre. En mi cabeza resuenan todavía los argumentos de los senadores opositores que, insuflados por un halo de autoridad moral que se regalan a sí mismos, han aprovechado la sesión y las circunstacias para lanzar sobre el cónsul toda su letanía de reproches: le han llamado traidor, le han acusado de insultar la memoria de las víctimas, creen que es milagrosa su política policial y de ponerse de rodillas ante los enemigos de Roma, . Le han acusado de mentir, de ceder, de sudvertir, incluso, el orden natural de las cosas.
Escrito en Política española

